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Un día más


Refrescó. Cerró la ventana y entró al baño a ducharse. Se vistió y se miro al espejo por última vez. Apago luces y cerró con llave. 2 vueltas.

Caminó apurado dando pasos torpes de mocasin, mientras q los auriculares lo sacaban parcialmente de su realidad y un puñado de acordes perfectamente arpegiados hacían sonar una guitarra acústica, vibración armónica de cuerdas, fuerza transformada en sonido. En poesía.

Pensó fugazmente en que su día no sería uno más y no supo el porque, nunca fue de comprender extrañas sensaciones premonitorias del destino. No justificaba nada de lo que pudiera pensar. El destino era solo una palabra para él.

El colectivo iba semi lleno y el chófer tenía cara de pocos amigos. Así lo demostró el volantazo que hizo que todos se tambalearan peligrosamente. $1,25 y buscó un lugar que le permitiera acceder rápido a un asiento. Al fondo.

Miraba veredas. Pensaba en la vida. En las decisiones que había tomado. En su presente incomprendido y en un incierto futuro. El sol golpeo de lleno en sus Ray Bans, se vio reflejado efimeramente en el vidrio espejado de una vidriera. Era raro verse así.

Podía sentir el calor del sol y el frío del viento a la vez. Sensaciones encontradas.

Tomo asiento y sacó un libro. Leyó algunas hojas, movió lentamente su dedo índice sobre los renglones que iban pasando. Tinta impresa, tácita compañera de todas las mañanas.

Volvió a mirar hacia arriba y vió al colectivo casi vacío. Es increíble lo que puede pasar alrededor de una persona sin ser percibido, por el solo hecho de estar enfocados en otra cosa.

Miró la calle, semáforo en rojo.

Faltaba poco para bajar, guardo su libro, cerro el maletín y se paró. Tocó el timbre y al instante la puerta de par en par se abrió.

Bajó a la vereda por inercia y llegó a la esquina, espero el paso y cruzó. Vio a un linyera pidiendo monedas, reflexionó brevemente adonde fueron a parar los sueños de esa persona, donde quedaron las sonrisas y las lágrimas. Se preguntó como una persona puede terminar así? Olvidada en vida. Ser pero no ser.

Reflexivo el asunto.

Entró a la oficina. Sintió el aire acondicionado que nunca nadie regula. Saludo a los de seguridad y paso los molinetes.

Se sentó en su escritorio, abrió su casilla de correo. Respondió algunos, reenvió otros.

Su día transcurrió entre documentos y carpetas. Agenda ocupada, reuniones en cola.
El despiadado trabajo de oficina.

Aflojó su corbata un instante y se permitió un café, pero la máquina no tenía azúcar, tuvo que usar edulcorante. Nunca supo bien la medida justa, así que volcó 2 sobrecitos enteros, revolvió enérgicamente y probo un sorbo. Arqueo sus cejas y saco la lengua en una clara señal de "me fui al carajo con el edulcorante".

Terminó su día, cerro la sesión, apago la computadora y se puso los auriculares. Salió saludando como siempre y fue a la parada del colectivo pensando en que lindo que quedaba el sol reflejado contra las ventanas del edificio.

Y comenzó a preguntarse muchos porques. El porque de esto, el porque de aquello. Empezó a querer encontrar razones para lo irracional y quiso ponerle nombre a su sentir.
Buceo en las profundidades de una mirada perdida, de esas que miran la nada y desenfocan los ojos para ver mejor.

Así fue como se dio cuenta que no le gustaba su presente y que no era feliz con él y que hace mucho que no se sentía así. Busco respirar hondo y comprender su sentimiento.

Como es que la vida golpea así? Sin previo aviso. Sin señal alguna. Sin advertencia. De pronto recordó que ese mismo día temprano había sentido que algo iba a pasar, pero no pensó nunca que fuera esto.

Ningún segundo que pasa volverá a pasar. Cada minuto es el ultimo. Cada día que se va nos acerca más a la muerte. Cada instante vivo será un recuerdo. Cada beso, abrazo, caricia, sonrisa será única e irrepetible. Todos los te quiero y los te amo, quedarán en el fondo de un cajón. Y el lo sabia.

En un banco de plaza, sentado, sin sus zapatos y con los pies tocando el pasto, pudo comprender que la vida transcurre y se esfuma entre los dedos a un ritmo inimaginable. Miro preocupado el cielo y escucho pasos cerca.

-Esta ocupado?- pregunto el pequeño.

-No loquito, sentate tranquilo- contestó con una sonrisa

Y hablaron de la vida. De las idas y vueltas. De que él no estudiaba y que quería. Que pedía monedas en los semáforos porque papá y mamá no podían pagar su comida porque estaban muy ocupados trabajando. Que tenía hambre en ese mismo momento. Él sacó de su mochila unas galletitas que siempre tenía encima por algún momento de hambre fugaz y las disfrutaron juntos. El pequeño tenía que seguir caminando y haciendo malabares en varios semaforos porque sino "La yuta te lleva y te saca la plata". Se prometieron volver a verse cada tanto, en ese mismo banco que los vio reir y compartir galletitas.

Se subió al colectivo y viajo a casa.

Abrió la puerta, cansado.

Se descalzo, por segunda vez en la tarde.

Y me sente a escribir.

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