Hay momentos donde el ruido de la locura cotidiana del día a día no nos deja escuchar la voz que dentro nuestro trata de contarnos cómo anda todo y como está la brújula de nuestra vida. Es que a veces, uno no encuentra el norte, pierde el rumbo y las velas que izamos para aprovechar el viento terminan jugando en contra, alejándonos de nuestra realidad. Perdiéndonos de nosotros mismos.
Y guiarse por las estrellas se hace tan difícil, que hasta a veces es mejor caminar en la oscuridad, agudizando los sentidos y pidiéndole a quien creamos, que no haya ningún obstáculo que nos haga caer. Esquivar piedras a veces es tan complicado, que más que aprender a esquivar, hay que aprender a levantarse cuando uno tropieza, cae y se lastima.
Porque de caer he aprendido, que no hay caída que no duela, que no hay golpe que no deje marca y que no hay forma de olvidar el sentimiento a derrota que amargo, se cuela en nuestros labios. Y quizá, caer no sea tan malo cuando uno intenta el vuelo, pero a la larga, quien es quien dice cuando algo vale o no la pena? Quien tiene el parámetro justo, la regla perfecta, la medida indicada que nos cuente que momentos o situaciones en la vida valen o no la pena?
Cuando era chico miraba a la vida como una historia, una película para vivir, en donde siempre habría final feliz. Hoy aprendí, que los finales felices no siempre son lo que pensamos, y que mucha contradicción tiene hablar de un final feliz, como si feliz fuera cualquier final. Qué final es feliz? Contradicción de términos.
Soñar a veces se hace tan raro que uno no sabe cuando duerme o cuando esta despierto, uno camina las veredas sucias, y esquiva charcos y otros rodados, buscando en las caras de las gentes expresiones, miradas, gestos que nos cuenten de historias ajenas, alguna sonrisa contagiosa quizás. Algún llanto efímero que nos haga reflexionar.
Y así la vida se va, sin pedir permiso y maleducada, tirando centros y agarrándonos de la camiseta para no saltar a cabecear. Contándonos los finales de las historias del cine.
Que dirá el tiempo a todo esto, cómplice silencioso de estos sinsabores cotidianos, estas pequeñas derrotas, estas grandes ganas de seguir, ahogadas sin voz.
El olorcito a lluvia se siente en el aire.
Lavará las almas que revolotean por ahí.
Por los techos del barrio.
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