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De naufragios y de sueños

De haber podido vencer gratis, no lo hubiera hecho. Prefiero ir por la vida batiendome a diario con la derrota y no asegurarme la victoria sin siquiera haber luchado.

De haber podido saber, no hubiera querido saberlo. Prefiero seguir el mapa del tesoro, buscar, revolver, desilusionarme y terminar encontrando el cofre, con la experiencia de haber buscado y la satisfacción de la búsqueda.

De haber podido decidir, no lo hubiera hecho. Prefiero que las cosas simplemente ocurran, que tengan razón de ser, que vengan profundamente arraigadas en las raíces mismas del destino, ahí donde se gestan los sueños y los naufragios.

Nunca levante el pie del acelerador.
La vida va tan rápido, que no me enseñaron a frenar nunca.
Y ahí iba yo, a mil por hora, cruzando el cielo cual estrella fugaz que brilla por un instante y luego muere, apenas una pavesa que vive y muere en un abrir y cerrar de ojos.

Involuntariamente voluntario, una barca suelta amarras y zarpa hacia la fina linea del horizonte, esa que separa el cielo de la tierra y que da a luz a diario al rey Sol.
Lleva a cuestas la barca, un cargamento de sueños, esperanzas e ilusiones, que celosamente ordenadas, esperan la plenitud de su ser, esperan cobrar vida en un haz de luz tan etéreo como real.

Las velas se izan lento, pero seguro. Blancas. Blancas como las nubes, suaves como la seda, resistentes como mi escudo. Atrapan al Dios viento que sopla con los cachetes inflados, desvergonzado vendaval, terremoto aéreo de sueños que vuelan bajo.

La barca se abre paso en este atardecer naranja casi rojo, navega hacia el Sol tan directo como puede, sin zigzag. Derecho.

Y las olas no hacen ni cosquillas, el mar esta más muerto que vivo, la marea pareciera acompañar el inaudible susurro de la espuma, que acaricia en silencio. Que acompaña la contemplativa mirada que los navegantes tenemos.

Cuando el viento cesa, sin brujula que marque el norte, uno rema, se esfuerza y trata de alcanzar velocidad, pero el mar nos recuerda de su inmensidad y nos sentimos más mortales que nunca.

Imperfectos. Como diría Galeano “Inacabados”.

Remar se hace tan dificil como uno lo imagine. Por momentos no hay otra cosa que dejar descansar los brazos y dejarse llevar por la corriente.

A la deriva del humor del destino.

La barca silenciosa va quedándose quieta, en el medio del todo. En el medio de la nada.

Sin impulso, comienza a hundirse y con ella muchos sueños y semillas que nunca germinaron.

El porque de muchas cosas se oculta en nosotros mismos, grandes misterios y profundas verdades.

Secretos que nos contamos a nosotros mismos.
Abismos que tememos atravesar.
Nadar. Atravesar el acantilado, al borde de la rompiente.

Y ser.

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