Las cosas que no acompañan al paso
del tiempo sucumben ante el peso de su propia existencia, como los sueños. Los
sueños que no aprenden a volar en el primer intento suelen convertirse en
pesadillas. Y ahí, dentro de esa extraña mezcla de ser o no ser, que estamos
paraditos, solos. Mirando el futuro, a espaldas del pasado que susurra
recuerdos y se cuela en cada mirada por la cerradura de todas nuestras puertas.
Los días se suceden de la mano del
tiempo, soles y lunas que juegan a las escondidas en el firmamento por momentos
diáfano y por instantes gris, llorando alguna que otra lluvia. La inercia nos
empuja a vivir, nos empuja a ser quien se supone que seamos, sin preguntarnos
quien queremos ser, en realidad. Las veredas nos miran en silencio, testigos
inertes de nuestros pasos apurados, esquivando charcos de lluvias pasadas.
Árboles que desprenden hojas, el otoño más presente que nunca.
Invertir energías en horizontes
lejanos siempre es bueno si se sabe hacia dónde se camina.
Es caminando que nos damos cuenta
que nuestra vida consiste en atar cabos. En unir historias. Y en ese atar y
desatar es que vamos aprendiendo a que no todas las historias son iguales. No
todas las puertas abren al mismo destino. No todos los caminos conducen a Roma.
Siempre podemos torcer nuestra suerte. Siempre somos capaces de torcer nuestro
destino, podemos elegir.
Si cada segundo que pasa es el
último, si cada día que pasa no vuelve, ¿porqué estiramos tanto la decisión de
comenzar a vivir tomando conciencia de ello?
Podemos elegir querernos un poco
más.
Podemos elegir dejar de sobrevivir, para comenzar a vivir.
Podemos elegir dejar de sobrevivir, para comenzar a vivir.
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