Así sin más y como quien no quiere la cosa.
Y comprendió que marcharse no siempre es irse y que olvidar es morir de a poco.
Entendió que amar a veces duele y que a volar se aprende rompiendose el alma contra el suelo una y mil veces.
Aprendió que morir no es más que nacer de nuevo y que vivir es una historia de final inesperado. Y que los finales inesperados siempre hacen que el cuento valga la pena.
Muchas veces las estrellas nos cuentan su pasado, de esos ojos que fueron testigos tácitos del silencio de su luz. Muchas otras, mordemos el polvo y sentimos el extraño amargo a la desilusión.
Así se sentía el y por eso se fue.
Se fue de el mismo, no se escapo del trabajo, del estudio o del amor. Huyo para escaparse de si mismo.
Huyó hacia el único lugar que nos asila de nosotros mismos: El mañana.
Vio al mañana como una buena ruta de escape y corrió hacia la linea del horizonte, en busca de un nuevo motivo por el cual respirar.
Vivir a veces se hace tan raro, que uno entiende que el propio ser humano tiende a olvidar su pasado, desperdiciar su presente y desestimar su futuro. Nosotros mismos somos los artífices de nuestro camino y no otros. Nosotros tenemos el poder de poder ser más, siempre. Nosotros somos, no otros: Nosotros.
Y paso a paso, latido a latido, vamos encontrándonos, vamos re-encontrandonos.
Porque volver a encontrarse es nunca haberse visto en la derrota de abandonar la búsqueda y porque las búsquedas son como las mareas del océano: Nunca detendrán su movimiento.
Encontrarse a si mismo, caminar hacia adentro y volar hasta el nunca jamás.
No hay pérdidas ni perdidos, solo escalones y tesoros por descubrir.
Y cuando ya no alcance la luz del sol para alumbrar el pasadizo hacia nosotros mismos, no hay que olvidar que la luz no viene solo del sol, sino también de nosotros mismos, como un Faro interior.
Es por eso que cuando nos perdemos, solo hay que saber mirar: El camino de regreso es el camino a nosotros mismos, que en realidad, nunca nos fuimos.

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